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“Mercado de espejismos…”

No se decidía a marcharse, porque a esas alturas dependía de aquel mundo, se había atado a él con la obstinación con que uno se ata a las cosas que lo perjudican.

Cerró los ojos y en los labios sintió sus labios calientes y, en las mejillas sus lágrimas, que quizá no eran suyas y, en la cabeza sus manos ligeras, sujetándosela y conteniendo los pensamientos, confinándolos en el espacio que ya no existía entre ellos.

El recuerdo de las personas que no amamos es superficial y se evapora pronto. Lo que queda es un cardenal, aunque casi invisible.

Como un ámbito inmune a la erosión del tiempo y donde tendría la sensación de que todos aquellos años habían sido sino un breve paréntesis. Pero experimentó una frustración enajenante, similar a la horrible sensación de dejar de existir…