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“Juego del amor prohibido…”

¿Cómo se hace para despegarse de esta piel?
¿Cómo se puede dejar de ser uno mismo, para no ser nada al mismo tiempo?
¿Cómo es el proceso por el cuál uno puede dejar de preocuparse por uno mismo, para simplemente preocuparse por nada?
Atado, como tantas otras veces. El corazón hecho un nudo, la boca como una línea blanca, la mirada perdida (y no tanto) y la garganta imposibilitada de hablar. Me arrodillo ante el estado de ánimo, me dejo abrazar por esas cosas intangibles. Miro, pero no veo.
Apenas si escucho algunas voces a lo lejos. Ya no quiero ser yo. O mejor, sí, pero distinto.

Veo los ríos de mis manos desembocando en la nada. Escucho los latidos sincopados de mi corazón (oh, mi corazón).

Aprieto mucho las manos. Los nudillos se ponen blancos una vez más. Pateo al cielo, escupo mi bronca. Y sin embargo, todo eso, en medio del pecho, se avalancha contra lo que dejo de ser.
Lloran los ojos, la piel siente frío. El calor no llega, ni siquiera en estos momentos. El precio de la felicidad, quizá sea resignar la soledad. De ser así, tal vez el calor vuelva algún día.
Me miro al espejo. Siento haber recorrido miles de kilómetros, miles de viajes, aún a sabiendas de que no me he movido en mi vida. Estoy cansado, desganado. Soy apenas una sombra.
Tengo sed, una sed que el agua no sacia. Vacuo como estoy, quizá sea mejor así.

Me arrugo el rostro, caigo, bartoleo mi suerte.
Resigno… ¿Qué más se puede hacer?…