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“Hay un monstruo acechando en mi ventana…”

Sólo quería irme de allí.
Marcharme para no volver
a poner allí los pies.
Partir lo antes posible.

Era difícil conciliar el sueño.
La oscuridad al otro lado
me apretaba, directamente,
la garganta.

La claustrofobia se debía
a la sensación de sentirme arrollado
por una realidad que se asemejaba
a un gallinero.
Siempre dispuestas a comer
para ser comidas.

Una sensación de la que creía que
no había salida, hasta hoy…