“Carta a mamá…”

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Querida mamá,
Siento haber tardado tanto tiempo en escribirte. Cada vez que me pongo a escribiros, a ti y a papá, me doy cuenta de que no digo lo que siento de verdad. Si os quisiera menos de lo que os quiero, no estaría mal, pero seguís siendo mis padres, y yo vuestro hijo.
Tengo amigos que creen que es una locura escribir una carta así. Espero que se equivoquen. Supongo que sus dudas se basen en padres que no los quieren y no confían en ellos tanto como los míos. Espero, sobre todo, que lo veáis como un gesto de amor por mi parte, un signo que sigo necesitando compartir mi vida con vosotros.
No os habría escrito, supongo, si no me hubieses contado que os habéis metido en la campaña de Salvar a Nuestros Niños. Eso ha sido lo que me ha dejado más claro que tenía la obligación de contaros la verdad: que vuestro propio hijo es homosexual, y que nunca me ha hecho falta que me salvaran de nada, a no ser de la soberbia, de la crueldad y de la ignorancia de la gente.
Lo siento, mamá. No por quién soy, sino por como debes de sentirte tú en este momento.
Sé lo que se siente, porqué lo he sentido casi toda la vida. Asco, vergüenza, incredulidad: la repulsión por miedo a algo que sabía, incluso de niño, ha formado parte de mí, tanto como el color de mis ojos.
No, mamá, no me reclutaron. Ningún homosexual talludito me sirvió de mentor.
¿Pero sabes una cosa? Me habría gustado que alguien mayor y más sabio me hubiera cogido aparte para decirme: “Estás perfectamente, hijo. Y de mayor puedes ser médico o profesor como todo el mundo. No estás loco, ni enfermo, ni eres malo. Puedes triunfar y ser feliz y vivir tranquilamente con tus amigos – toda clase de amigos – a los que no les importa nada con quién te vayas a la cama. Pero, sobre todo, puedes amar y ser amado, sin odiarte por ello.”
Pero nadie me dijo eso nunca, mamá. Tuve que descubrirlo yo sólo, con la ayuda de la ciudad que se ha convertido en mi casa. Sé que te costará creerlo, pero El mundo está lleno de personas, hombres o mujeres, tanto heteros, como bisexuales, como gay y lesbianas, que no tienen en cuenta la sexualidad a la hora de juzgar la valía de otro ser humano. Y no son radicales ni raritos, mamá. Son dependientes y banqueros y viejitas, y gente que te saluda con la cabeza y te sonríe cuando te los encuentras en el autobús. Su actitud no tiene nada de paternalista ni de compasiva. Y su mensaje es muy sencillo:
“Sí, eres una persona. Sí, me gustas. Sí, está bien que yo también te guste a ti.”
Te estarás preguntando a ti misma: “¿Qué hicimos mal? ¿Cómo dejamos que pasara esto? ¿Quién de los dos tuvo la culpa de que saliera así?”
No te puedo contestar, mamá. Sólo sé una cosa: si tu y papá sois responsables de que yo sea así, entonces, os lo agradezco de todo corazón, porque es la luz y la alegría de mi vida.
Sé que no puedo explicarte lo que es ser gay. Pero, sí, puedo explicarte lo que no es. Es no usar palabras para esconderse detrás de ellas. Palabras como familia y decencia y cristianismo. Es no tener miedo de tu cuerpo, ni de los placeres que dios creó para él. Es no juzgar a tu vecino, a no ser que sea maleducado o antipático.
Ser gay me ha enseñado a ser tolerante, compasivo y humilde. Me ha enseñado las infinitas posibilidades de la vida. Me ha llevado a conocer a gente cuya pasión y amabilidad y sensibilidad son una fuente constante de fuerza.
Me ha hecho formar parte de la familia humana, mamá, y me gusta vivir aquí. Me gusta mucho.
No puedo decirte mucho más, salvo que soy el mismo de siempre. Pero ahora me conoces mejor.
Nunca he hecho conscientemente nada que te pudiera herir. Y nunca lo haré.
Por favor, no pienses que tienes que contestarme inmediatamente. Me basta con saber que ya no tengo que mentirle a las personas que me enseñaron a valorar la verdad.
Te quiere tu hijo,

Amistead Maupin
“More tales of the city”